Hay textos que uno escribe con la esperanza de que envejezcan pronto. Que en pocos años suenen exagerados, superados, felizmente obsoletos. Este que hoy vuelvo a publicar es uno de ellos. Y su tragedia, la tragedia de mi pueblo, es que cinco años después no ha envejecido nada. Al contrario: se ha quedado corto.
Cómo nacieron estas palabras
Era el verano de 2021 y yo me encontraba de visita en Miami. Cuba había vivido las protestas populares más grandes en más de seis décadas: cientos de miles de personas en las calles de decenas de ciudades, gritando por libertad, agotadas por el hambre, los apagones y una pandemia de COVID que arrasaba una isla sin medicinas, sin analgésicos, sin siquiera vitaminas. Lo que vino después fue la represión: detenciones masivas, juicios sumarios, condenas de hasta veinte años y más para muchachos que solo habían gritado lo que todos pensaban.
Yo era entonces párroco de Santiago de las Vegas, municio Boyeros, en La Habana. Y sentí, con una claridad que todavía me estremece, que callar hubiera sido traicionar el Evangelio que predico. El 1º de agosto de 2021 publiqué en mi perfil de Facebook un mensaje que escribí de un tirón, con el corazón en la mano y sin calcular consecuencias.
Las consecuencias llegaron solas. El texto se hizo viral. Varias agencias y medios de comunicación se hicieron eco de aquellas palabras, y hasta el Washington Examiner me mencionó entre los sacerdotes que habíamos alzado la voz. La prensa oficialista del régimen, por su parte, me atacó por nombre y apellidos. Pero lo que no salió en los titulares fue lo otro: el acoso y la persecución de la Seguridad del Estado. Varios jóvenes de la Red Católica Juvenil Cubana que residían en La Habana fueron citados e interrogados; les preguntaban por mí, por mi persona, por mi ministerio sacerdotal. Lo mismo ocurrió en mi parroquia de Santiago de las Vegas y en la que había sido mi casa, el antiguo Convento de la Merced, en La Habana Vieja, sede de la Congregación de la Misión —los Padres Paúles— en Cuba.
A ellos, a los que fueron molestados e intimidados por mi causa, les debo desde entonces una gratitud y una deuda que no se pagan con palabras. Gracias a Dios, ninguno de ellos fue retenido en prisión… Otros, lo sé bien, pagaron precios infinitamente más altos por decir lo mismo. Muchos siguen pagándolo hoy tras las rejas del régimen.
El mensaje, íntegro
Lo reproduzco completo, tal como lo publiqué aquel 1º de agosto de 2021. No he cambiado una coma. Que cada lector juzgue si estas palabras han perdido vigencia.
CUBA ESTÁ MURIENDO, no podemos cerrar los ojos ante la crudeza de esta realidad. Hay gente muriendo en los hospitales y en los centros de aislamiento por falta de medicina. En Cuba no hay siquiera lo más elemental, como analgésicos, antibióticos o vitaminas. El pueblo desnutrido y sin vacunar va enfermando en una población muy vulnerable, por el hambre y la pésima nutrición. Los medios de comunicación mienten impunemente, guardando el discurso oficial permitido por el Dueño Absoluto de la nación: el gobierno, el único partido, el comunista, el estado, las fuerzas armadas (todo ello es la misma cosa).
No existe un apoyo concreto por parte de la comunidad internacional. Tristemente este trago amargo de fatalidad que se eterniza desde el triunfo del mentiroso y camaleónico dictador en el 59, es un trago que nos toca a todos los hijos de esta amada Isla, estemos dentro o fuera de ella.
Me preguntan muchos si hay esperanza… Yo creo que sí, que siempre hay una esperanza. Una esperanza de que toda esta pesadilla pasará, que estos 62 años de silencio y miedo corderil ya han acabado con el pasado #11J. Que Cuba tiene ahora la oportunidad de escribir una nueva historia, Cuba tiene ahora la oportunidad de ser valiente y dar un giro en esta ruta tan accidentada. Cuba tiene el chance de retomar el camino que nunca debió abandonar, de una República democrática y realmente libre en su participación política, social y económica.
Las fuerzas armadas y policiales tienen el chance de unirse a aquél a quien deben servir y no reprimir, al Pueblo. El gobierno actual tiene la oportunidad de procurar un legado y futuro diferente para las generaciones nuevas, que contemplan con claridad y repugnancia la ineficacia de una ideología del odio y la no-libertad, enquistada en el poder. Los que ostentan el poder político, militar y económico en Cuba tienen ahora la oportunidad de acabar de enterrar este sistema obsoleto, absurdo y oscuro que es el Comunismo y que está dando las últimas pataletas.
Por favor, no prolonguen más este fatídico letargo que está aniquilando las vidas, las familias, y lo poco que queda de valores y esperanza en Cuba. Seamos todos juntos los protagonistas de una Nueva Cuba, con verdaderos derechos, con libertad de emprendimiento, con libertad económica, con sueños y sonrisas en los labios y los corazones. Acaben de reconocer, ustedes que gobiernan en medio del descontento popular, que el marxismo no es querido por los Hijos de la Patria, que el comunismo es una importación nefasta de los soviéticos, que ni a ellos les resultó. Aprendan a valorar todo el legado invaluable de los verdaderos héroes y próceres de Cuba. Hay tanta riqueza política que aprender de los forjadores de la Nación y de la República, y a la vez, tanta energía y capacidad en las nuevas generaciones que son los que deben estar al frente del País que deseamos.
Esta Cuba que anhelamos ya puso sus fundamentos en los corazones de todos los cubanos que han clamado angustiosa y calladamente por la LIBERTAD durante más de 60 años, y que ahora ya han decidido sacar del pecho este clamor amargo y dulce a la vez, de una vez y por todas.
A los que me preguntan si hay esperanza en Cuba… Sí, les respondo que sí, que nos corresponde a todos armarnos de esta #ESPERANZA para levantar nuevamente la Nación. Una Cuba «con todos y para el bien de todos», una Cuba donde no reine más la ideología, donde todos quepan, donde las calles sean de todos, donde el poder no oprima ni reprima, ni golpee. Una Cuba donde el límite de la libertad sea la caridad y el derecho ajeno, donde nadie tenga que esconderse o bajar la voz para expresar lo que piensa y cree correcto. Una Cuba donde haya verdadera participación política y donde se pueda emprender con libertad. Una Cuba, en fin, en manos de los cubanos y no más de ninguna dictadura. Una Cuba-Casa-Madre, donde todos sus hijos puedan volver a su seno y a la intimidad de su mesa, sin que ninguna carne ose llamar a su hermano «traidor» o «gusano» o «escoria». Los hijos de Cuba no hemos nacido para esa vileza. Es el tiempo de reconocer personalmente ante Dios nuestra mezquindad, si la hubo, y retomar las riendas de nuestra historia, para poner cada cosa en su sitio y terminar ya con esta desgastante pesadilla. ¡Viva Cuba Libre! Dios, Patria, Vida, Libertad para Cuba, esta es mi humilde oración a nuestro Señor Jesucristo y a su santísima Madre. Amén.
#patriayvida #Cuba #Libertad #Covid19 #SOSCuba
Cinco años después: el diagnóstico se quedó corto
Escribí «Cuba está muriendo» en 2021 y algunos me dijeron que exageraba. Quisiera haberme equivocado. No me equivoqué; me quedé corto.
Miren la Cuba de 2026. Los analistas coinciden en que la Isla atraviesa su peor crisis desde 1959, más profunda incluso que el Período Especial: apagones que ya no se miden en horas sino en días enteros, transporte paralizado por falta de combustible, aerolíneas internacionales suspendiendo sus vuelos porque en los aeropuertos cubanos no hay ni con qué reabastecer un avión, basura acumulándose en las calles de La Habana, hospitales colpasados, y organismos internacionales advirtiendo abiertamente del riesgo de una catástrofe humanitaria.
Y el dato que más me duele como pastor: desde aquel 2021, más de un millón de cubanos —algo así como uno de cada diez— ha abandonado la Isla. Es el mayor éxodo de nuestra historia. Se van los jóvenes, se van los médicos, se van los que deberían estar construyendo el futuro. Cuba se vacía mientras el poder se aferra. Y en las cárceles siguen cientos de presos políticos, entre ellos muchachos del 11J que cumplen condenas de hasta veinte años y más por el delito de haber gritado «Patria y Vida» y «Libertad» en la calle. Algunos eran menores de edad cuando los detuvieron.
En 2021 escribí que el comunismo «está dando las últimas pataletas». Cinco años después, esas pataletas continúan, y cada una de ellas cuesta vidas, familias separadas, ancianos que mueren solos, niños que crecen sin patria o sin padres. El régimen anuncia ahora paquetes de medidas y reformas de última hora, admitiendo con hechos lo que negó con palabras durante sesenta y siete años: que su modelo no funciona, que nunca funcionó. Pero un sistema no se reforma dando marcha atrás en la economía mientras mantiene el puño cerrado sobre las libertades. Sin libertad política, sin pluralismo, sin la excarcelación de todos los presos de conciencia, cualquier «reforma» es solo un cambio de vendaje sobre la misma herida infectada.
Lo vuelvo a decir, con las mismas palabras y la misma fe
Por eso hoy, a cinco años de aquella publicación, no me retracto de una sola letra. La repito, la subrayo y la elevo de nuevo como oración y como clamor:
Cuba está muriendo, y no podemos cerrar los ojos. Es hora de una acción definitiva sobre esta dictadura que agoniza arrastrando consigo a un pueblo entero. A los que ostentan el poder les repito lo de entonces: no prolonguen más este fatídico letargo; entierren de una vez ese sistema obsoleto y devuelvan Cuba a los cubanos. A la comunidad internacional: no basta con observar y redactar informes mientras una nación se apaga a noventa millas de la libertad. Y a mis hermanos cubanos, dentro y fuera de la Isla: no dejemos que nos roben también la esperanza, porque la esperanza es lo único que ninguna dictadura ha podido racionar.
Sigo creyendo en esa Cuba «con todos y para el bien de todos». Sigo creyendo en la Cuba-Casa-Madre donde ningún hijo llame a su hermano «gusano» ni «traidor». Sigo rezando cada día, por los presos, por los que se fueron, por los que resisten, e incluso por los que oprimen, para que Dios les toque el corazón o les acorte el brazo.
Hace cinco años terminé aquel mensaje con una oración, y con ella termino también hoy, porque sigue siendo la mía:
¡Viva Cuba Libre! Dios, Patria, Vida y Libertad para Cuba. Amén.
Padre Rubén de la Trinidad

